Dólar. Cae el blue mientras los arbolitos se preparan para dejar la calle


En la calle Florida hay hasta cuatro pesos de distancia entre los precios que se ofrecen y hoy el precio se desplomó; los operadores alegan que hay poco movimiento y que las operaciones solo llegan de parte de argentinos que quieren vender sus dólares para pasar la posible cuarentena

Juan (se hace llamar así aunque no es su nombre real) atiende el teléfono desde su casa, con tono desanimado. Desde el martes que no puede ir a trabajar y no percibe ingresos. Es

arbolito,

el último eslabón de la cadena del mercado paralelo de divisas, y el más desprotegido. Vende

dólar blue

en la

calle Florida

y no solo siente que

en las cuevas no hubo recaudos suficientes para prevenir el contagio

-la suya es una actividad que estuvo permanentemente en contacto con turistas- sino que no sabe cuándo va a volver a tener un ingreso.

Luis, con más años de experiencia, tiene sus clientes habituales y está mejor parado en las

calles.

Ayer fue al centro desde su casa en el Conurbano en auto -prefiere no viajar en transporte público- y operó unos US$20.000, «lo que se mueve en un buen día». Todo fue pactado con anterioridad: en su mayoría fueron clientes que se quisieron hacer de pesos en un contexto de incertidumbre y ante una inminente cuarentena general.

Juan y Luis son las dos caras del desconcierto que la

pandemia del coronavirus (Covid-19)

dejó en los operadores del

tipo de cambio paralelo.

Por un lado, no hay precios de referencia. En estos días, las puntas de compra estuvieron entre los $83 y los $85, y las de venta, entre $87 y $89. Algunos lo ofrecieron a $90.

La impresión generalizada es que no hay forma de saber si están vendiendo caro o barato.

Esta tarde, el tipo de cambio paralelo se desplomó al menos $4 hasta los $85,50.


Por un lado, no hay precios de referencia. En estos días, las puntas de compra estuvieron entre los $83 y los $85, y las de venta, entre $87 y $89. Algunos lo ofrecieron a $90. Crédito: Shutterstock

Tampoco hay demasiados clientes. Los pocos

operadores blue

que trabajan «sin calle», desde oficinas y con clientes por contacto, estuvieron haciendo

delivery,

aunque sin muchos pedidos. Y los que están dentro del circuito típico de la cueva y el arbolito se empezaron a guardar hace algunos días. Unos pocos, como Luis, salen «a demanda».

Dicen que

no hay mucha gente en la calle

desde la semana pasada, pero que en estos días por Florida o Sarmiento

casi no pasaba nadie.

Mucho menos turistas, hoy confinados en cuarentena en sus hoteles o de vuelta en sus países de origen.

Los contactos que llegaban y todavía llegan son por

«stockeo» de pesos

ante un posible freno a la actividad económica y a los ingresos. «Son pocos movimientos: te venden US$500, US$1000, y son los que necesitan pesos todo este tiempo porque no saben qué va a pasar», dice uno de los operadores que trabaja desde un escritorio.

Medidas de seguridad

El trato con el efectivo, el contacto con turistas y la circulación constante por la calle fueron un combo que expuso a los

arbolitos,

el último eslabón de la cadena del circuito paralelo. «Trabajamos con alcohol en gel a dos manos», dice uno de los más jóvenes de la peatonal Florida.

La calle no solo está desierta de

turistas y de locales,

sino también de los gritos de

«cambio, cambio».

Los pocos que van, como Luis, trabajan con clientes argentinos y por encargo, así que reducen su exposición en la vía pública. «En Florida todo parece un eterno sábado», dice el vendedor «a demanda».


El trato con el efectivo, el contacto con turistas y la circulación constante por la calle fueron un combo que expuso a los arbolitos Fuente: Archivo

La mayoría de los operadores de tipo de cambio paralelo consultados por

LA NACION

coinciden en que, desde mañana, probablemente se retiren por completo de las calles.

En los últimos días algunos solo

tocaban los billetes con guantes,

pero no había consenso respecto de qué medidas de seguridad e higiene debían tomar por su nivel de exposición. Desde su casa, Juan tiene un único deseo: que, si llega la cuarentena general, se vaya rápido. A él, como último eslabón de una cadena informal que hasta hace algunas semanas estaba en el pico más alto de su renacimiento, no hay registro oficial que lo proteja.

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